Pinturas dedicadas a las personas que han emigrado y están lejos de San Isidro Llano Grand, fotografiadas en sitios emblemáticos de la comunidad.


Aquí y allá

Un relato sobre el trabajo como residente en Casa Wabi.

Llegué a Wabi con la intención de trabajar con migrantes retornados a sus comunidades de origen. Las primeras sesiones que realicé con adolescentes en Río Grande no prosperaron. Entendí que en procesos de trabajo participativo las comunidades, y no los artistas, son los protagonistas. Es decir, son ellas quienes establecen las dinámicas de trabajo según sus posibilidades e intereses.

Emilia, encargada de la cocina en casa Wabi, me invitó a celebrar el día de las madres y a pesar de yo no serlo, ni tampoco usualmente celebrarlo, decidí ir a festejar. Era domingo y sobre la placa de concreto en la galera estaban sentadas las madres de San Isidro Llano Grande. El comité de organización se encargó de servir un festín de barbacoa y tortillas. Los niños bailaron y a todas nos regalaron una cubeta de plástico. Sentí ganas de volver a Llano Grande a fotografiar. Este impulso coincidió con las fiestas del pueblo.

Montamos un estudio móvil afuera del ruedo donde sería el jaripeo con un letrero que decía “fotos gratis”. Llegaron familias, grupos de amigas y niños con sombreros a posar frente a la cámara. Mediante esta iniciativa conocí a Emanuel quien, además de fotógrafo, es el actual secretario de la agencia municipal. Esa noche nos hicimos amigos.

Unos días después, junto con Emanuel y el equipo de Wabi convocamos por perifoneo y a través del grupo de facebook de Llano para entregar las fotos impresas a quienes había retratado. Se reconocieron unos a otros, se encontraron con gusto, se rieron de sí mismos. Las imágenes nos devolvieron un relato del tejido social de la comunidad.

Mientras entregábamos las fotos, Emanuel me platicó que el grupo de facebook funciona para mantener a quienes están en Estados Unidos al tanto de lo que sucede en Llano. Con esta información, y regresando a mi inquietud inicial por trabajar con migrantes, nos propusimos formar un grupo para abordar el tema en la comunidad. Parece que a pesar de ser un fenómeno muy común, no existe un lenguaje local para abordarlo.

Poco después nos encontramos de nuevo en la galera. Habíamos creado un espacio seguro para que Eugenia, Laura y Emiliano reconocieran sus experiencias compartidas como migrantes retornados. Juntos identificamos acciones y emociones comunes… moverse de lugar por necesidad, confiar en quienes han prometido llevarte al otro lado, caminar en procesión por el desierto con la fe de quienes encomiendan sus caminatas a los santos, voltear al cielo y ver la misma luna que observan los que se quedan. Durante las sesiones hablamos también sobre la estancia en Estados Unidos y sobre el regreso. Emiliano cuenta que su hija no lo reconocía al regresar, pues lo había imaginado como uno de los luchadores americanos que veía en televisión por cable. Laura nos contó sobre el esfuerzo que hizo para apoyar la educación de su hermano. Si bien todos se conocían, nunca habían compartido sus experiencias de migración.

Después de cuatro sesiones de diálogo, decidimos representar la experiencia de migrar en una serie de seis pinturas de acrílico sobre madera con mensajes que formulamos de manera colectiva. Lo que empezó como un espacio de reconocimiento se convirtió en un taller de pintura con los niños de Llano Grande, muchos de ellos nacidos en Estados Unidos. Al concluir las imágenes, los participantes hablaron de la importancia de visibilizar sus experiencias y contar con un lenguaje para comunicarlas.

Decidimos dedicar estos las pinturas a quienes están lejos. Las fotografiamos en lugares emblemáticos de Llano. Estas imágenes se van a compartir en el grupo de facebook de la comunidad. Hoy las pinturas están colgadas en el puesto de cocos de Emiliano a la orilla de la carretera. Éstas relatan su experiencia personal, que es también la de miles de mexicanos que cruzan la frontera.